Ejemplo de un libro de memorias

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Un libro de memorias es un género literario de no ficción caracterizado por el relato personal del autor acerca de varios aspectos de su vida.

El autor Ricardo Sánchez señala que las memorias constituyen la realización escrita de los principales recuerdos del autor sobre su vida, su entorno más inmediato, la la época, sus personajes más significativos…

Ejemplo de un libro de Memorias: Confieso que he vivido. Pablo Neruda

Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje
inolvidable fue la lluvia. La gran lluvia austral que cae como una catarata del Polo,
desde los cielos del Cabo de Hornos hasta la frontera. En esta frontera, o Far West
de mi patria, nací a la vida, a la tierra, a la poesía y a la lluvia.
Por mucho que he caminado me parece que se ha perdido ese arte de llover que se
ejercía como un poder terrible y sutil en mi Araucanía natal. Llovía meses enteros,
años enteros. La lluvia caía en hilos como largas agujas de vidrio que se rompían en
los techos, o llegaban en olas transparentes contra las ventanas, y cada casa era
una nave que difícilmente llegaba a puerto en aquel océano de invierno.

Ejemplo de un libro de Memorias: El pez en el agua. Mario V.Llosa

Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de la prefectura.
Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946 o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había terminado el quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y asfixiante calor.
—Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo mi mamá, sin que lo temblara la voz—. ¿No es cierto?
—¿Qué cosa?
—Que tu papá no estaba muerto. ¿No es cierto?
—Por supuesto. Por supuesto.
Pero no lo sabía, ni remotamente lo sospechaba, y fue como si el mundo se me paralizara de sorpresa. ¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo creí muerto? Era una larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que había vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la Mamaé— y mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba, primero, y, desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí, en Piura. Una historia de folletín, truculenta y vulgar, que —lo fui descubriendo después, a medida que la reconstruía con datos de aquí y allá y añadidos imaginarios donde resultaba imposible llenar los blancos— había avergonzado a mi familia materna (mi única familia, en verdad) y destruido la vida de mi madre cuando era todavía poco más que una adolescente.

Ejemplo de un libro de memorias: Isabel Allende

Mi primer recuerdo de Chile es una casa que no conocí. Ella fue la protagonista de mi primera novela, La casa de los espíritus, donde aparece como la mansión que alberga a la estirpe de los Trueba. Esa familia ficticia se parece en forma alarmante a la de mi madre; yo no podría haber inventado personajes como aquéllos. Además no era necesario, con una familia como la mía no se requiere imaginación. La idea de la «gran casa de la esquina»,
que figura en el libro, surgió de la antigua residencia de la calle Cueto, donde nació mi madre, tantas veces evocada por mi abuelo, que me parece haber vivido en ella. Ya no quedan casas así en Santiago, han sido devoradas por el progreso y el crecimiento demográfico, pero todavía existen en las provincias. Puedo verla: vasta y somnolienta, decrépita por el uso y el abuso, de techos altos y ventanas angostas, con tres patios, el primero de naranjos y jazmines, donde cantaba una fuente; el segundo con un huerto enmalezado y el tercero, un desorden de artesas de lavado, perreras, gallineros
e insalubres cuartos de empleadas, como celdas de una mazmorra.
Para ir al baño por la noche había que salir de excursión con una lámpara, desafiando las corrientes de aire y las arañas, haciendo oídos sordos al crujir de las maderas y las carreras de los ratones