La memoria literaria es una obra en prosa de no ficción, caracterizado por el relato del propio autor acerca de su vida.

A continuación, presentamos ejemplos cortos de memorias literarias famosas:

El pez en el aguaMario Vargas Llosa.

Cuando teníamos algún dinero, en vez de ir a los chinos de La Colmena, íbamos a un sitio
de bohemia chic: el Negro-Negro. En ese sótano de los portales de la plaza San Martín yo me sentía en el soñado París, en una de esas caves en las que cantaba, allá, Juliette Gréco, escuchada por los escritores existencialistas. El Negro-Negro era una boîte con empaque intelectual; en ella se daban funciones de teatro y recitales y se oía música francesa. Al amanecer, en sus mesitas diminutas y entre sus paredes con carátulas de The New Yorker, se concentraba una fauna exquisita y estrafalaria: pintores como Sérvulo Gutiérrez, que había sido boxeador y que, allí, contaban, una noche había desafiado a un militar a trompearse encerrados en un taxi; actores, actrices o músicos que salían de sus funciones, o, simplemente, bohemios y noctámbulos de corbata y saco. Fue allí, una noche de muchas cervezas, en que un arequipeño, llamado Velando, me hizo probar la «pichicata», asegurándome que, si aspiraba esos polvitos blancos, se me desaparecerían de golpe y
porrazo los vapores del alcohol y me quedaría fresco y dispuesto para el resto de la noche. En verdad, la «pichicata», por exceso de dosis, o por alergia constitutiva, me produjo una
sobreexcitación nerviosa, un desasosiego y malestar peores que los muñecos de la borrachera y me quitó las ganas de repetir esa experiencia con drogas. (Ese jalón de cocaína tendría una melodramática resurrección, cuarenta años más tarde, durante la campaña electoral de 1990

Confieso que he vivido. Pablo Neruda

Mi gobierno me mandaba a México. Lleno de esa pesadumbre mortal producida por tantos dolores y desorden, llegué en el año 1940 a respirar en la meseta de Anahuac lo que Alfonso Reyes ponderaba como la región más transparente del aire.
México, con su nopal y su serpiente; México florido y espinudo, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y creación, me cubrió con su sortilegio y su luz sorpresiva. Lo recorrí por años enteros de mercado a mercado. Porque México está en los mercados. No está en las guturales canciones de las películas, ni en la falsa charrería de bigote y pistola. México es una tierra de pañolones color carmín y turquesa fosforescente. México es una tierra de vasijas y cántaros y de frutas partidas bajo un enjambre de insectos. México es un campo infinito de magüeyes de tinte azul acero y corona de espinas amarillas.
Todo esto lo dan los mercados más hermosos del mundo. La fruta y la lana, el barro y los telares, muestran el poderío asombroso de los dedos mexicanos fecundos y eternos.

Mi país inventado. Isabel Allende.

Aquella reunión familiar no sólo era buena ocasión para comer y beber con gula, sino

Isabel Allende

también para pelear con saña. Al segundo vaso de pisco sour los gritos y los insultos entre mis parientes se oían por todo el barrio. Después partía cada cual por su lado jurando no volver a hablarse, pero al domingo siguiente nadie se atrevía a faltar, mi abuelo no lo habría perdonado.

Entiendo que esta perniciosa costumbre se ha mantenido en Chile, a pesar de lo mucho que se ha evolucionado en otros aspectos. Siempre me espantaron esas reuniones obligatorias, pero resulta que ahora, en la madurez de mi existencia, las he reproducido en California. Mi fin de semana ideal es tener la casa llena de gente, cocinar para un regimiento y acabar el día discutiendo a voz en cuello.

Las peleas entre parientes se mantenían en privado. La privacidad es un lujo de las clases pudientes, porque la mayor parte de los chilenos no la tiene.

Las familias de la clase media para abajo viven en promiscuidad, en muchos hogares duermen varias personas en la misma cama. En caso que exista más de una habitación, los tabiques divisorios son tan delgados, que se oyen hasta los suspiros en la pieza de al lado. Para hacer el amor hay que esconderse en sitios inverosímiles: baños públicos, debajo de los puentes, en el zoológico, etc. En vista de que la solución al problema habitacional puede demorar veinte años, con suerte, se me ocurre que el Gobierno tiene la obligación de proporcionar moteles gratuitos para parejas desesperadas, así se evitarían muchos problemas mentales.