Ensayos cortos de Rafael Barret

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Rafael Barret (1876-1910) fue un escritor español que vivió la mayor parte de su vida en Paraguay. Su obra, en efecto, se caracteriza por una cuidadosa observación de la realidad paraguaya en variados aspectos.
Es conocido por sus cuentas y por sus ensayos, estos últimos de gran contenido filosófico. Es considerado una figura destacada de la literatura de ese país de principios del siglo XX

Ensayo «El Dolor Paraguayo»

Parece que la policía paraguaya aplica el tormento. En esto imita a los más civilizados países, y respeta una venerable tradición. Desde tiempo inmemorial los fuertes enjaulan a los débiles, y les rompen las articulaciones; o les asan a fuego lento, o les desuellan vivos. El arte de hacer sufrir es complicado y solemne. Octavio Mirbeau ha consagrado uno de sus mejores libros al estudio de la tortura china; nos ha dejado, en doscientas páginas, una elegante síntesis de la humanidad.

El escuadrón de seguridad asunceno es un escuadrón de hombres fuertes. Creo que se llama de seguridad porque ellos son los únicos que están seguros. Mr. Jacks es en cambio el tipo del hombre débil. No tiene dinero ni armas. Si bebe, está perdido; nadie se puede ya emborrachar con sosiego como no sea en los salones. Si Mr. Jacks se pasea sin hacer nada, está perdido; hoy no se permite la ociosidad más que a los ricos y a los altos funcionarios. Los fuertes, enjaularon pues al débil, y le atormentaron.

Difícil es indignarse contra ellos. Repiten el gesto primitivo; el gesto eterno, común a débiles y fuertes de cocear y morder y estrangular y aplastar al prójimo. Con la civilización, sin embargo, el gesto se hace menos impulsivo, y la crueldad más científica. La cuestión, o pregunta, según denominaban los franceses al tormento judicial, requería un material delicado y numeroso. Desde las cuñitas de madera dura destinadas a hundirse entre uña y carne, y los borceguíes cinchados que trituraban lentamente los huesos del pié, y los torniquetes y garrotes hasta el gran juego de quemaduras con plomo derretido y aceite hirviendo, y las tenazas cranianas con tornillos, y los ataúdes verticales forrados de largas púas de acero, la justicio exigía un verdadero laboratorio del dolor. El cepo colombiano, el sable, el mboreví son aparatos sencillos, de poco precio. Montjuich estaba mejor surtido. Había allí una maquinita especial para emascular a los sospechosos de anarquismo.

La tortura ha desaparecido del código. Cosa diferente es que desaparezca de las costumbres. Se ha notado, no obstante, que ciertos espectáculos sangrientos que soportaba el publico dos o tres siglos ha no se soportan ahora. Existe, por ejemplo, una innegable tendencia a suprimir la pena de muerte. Un psicólogo contemporáneo atribuye el fenómeno a qué la sensibilidad de las gentes, quizá por decadencia racial, se ha vuelto demasiado floja, susceptible, irritable; todo la desconcierta, la hiere, le resulta excesivo. Algunos se mantienen erguidos y austeros; así el sabio Balmes, obligado por la sotana a defender el infierno, lo justifica sobre la tierra mediante la célebre doctrina de la expiación. “El que infringe la ley moral, dice, merece sufrir”. El sistema inquisitorial entero se encierra en esa frase. Pero los Balmes, los Trepoff, los Weyler, no abundan tanto como antes. Se extiende por el mundo una relativa y aparente benignidad. Sería candidez explicarla por un aumento de virtud, por una aurora de altruismo. No: la ferocidad social es más metódica, secreta, mezquina y cobarde. He ahí todo. Si hablaran, si se quejaran, durante solo un día, sobre la redondez del globo, los reclutas abofeteados, los obreros tratados a puntapiés, los sirvientes insultados y hambrientos, los vagabundos apedreados, los solicitantes despedidos a carcajadas, las prostitutas a quienes escupe el transeunte, los niños martirizados y los presos azotados a lo Mr. Jacks, tal vez una ola de sagrada ira despertase entre nosotros a un Cristo nuevo. La desesperación está desmenuzada y escondida, más no por eso disminuye su espantoso total. En lugar de los autos de té, celebrados en las plazas de las ciudades, a la luz del sol, torturamos sin asesinarlos por completo, en la oscuridad vil de un calabozo, a infelices amordazados. ¿Hemos ganado mucho?

Ensayo: El valor

La lucha inacabable con la naturaleza ha cambiado de forma.

No son ahora los tiempos en que la noche era terror; el día, caza; en que no había otro problema que el de comer y no ser comido. Sin más refugio que un agujero entre las rocas, sin haber conquistado aún el cortante sílex que se ata a un palo y la llama que hace retroceder las tinieblas donde cuchichea la muerte, el hombre combatía cuerpo a cuerpo con la realidad. Eran sus uñas, sus dientes, sus músculos, sus fundamentales instintos los que se adherían desesperadamente a la vida. Había que salvar a la humanidad de las fauces del tigre y del abrazo del oso. Había que ser astuto; había, sobre todo, que ser feroz.

Pero después la inteligencia, en una inexplicable crisis, creció monstruosamente, y desbordó de los sentidos. Incapaces de seguirla y de servirla, la inteligencia prescindió bien pronto de ellos, y se fue fabricando los delicados o colosales órganos que necesitaba: las máquinas. Y hoy vemos lo invisible, estrellas perdidas en el fondo de los espacios y microbios que viven a millones en una gota de sangre; palpamos casi las moléculas y el éter, apreciamos las más imperceptibles vibraciones y las más formidables magnitudes; escuchamos, a centenares de kilómetros, el susurrar de una voz. Nuestro aliento ruge en las calderas o clama con la dinamita; nuestros músculos de metal aplastan las rocas; nuestras uñas y nuestros dientes abren las montañas; nuestros nervios son una red de alambres que aprisiona la tierra. La eterna batalla no es ya un episodio cruel de la historia de las especies, sino un designio del universo; no es ya una tentativa, es una verdad que marcha con la majestad de un poema; no está hecha ya de incertidumbre y de ferocidad, sino de pensamiento y de valor.

Es preciso tener valor. Doblemente es preciso, porque antes de encontrar la naturaleza hay que encontrar a los hombres; antes de herir y fecundar la realidad sombría hay que herir y fecundar los cerebros entenebrecidos de nuestros hermanos los brutales, de nuestros hermanos los supersticiosos, de nuestros hermanos malvados y débiles. Hay que lanzar las ideas nuevas contra las ideas viejas; hay que conspirar contra el pasado, y barrer los fantasmas. Estamos en camino. El mal persiste siempre detrás de nosotros, como una manada de lobos que aúllan. Detenerse es morir.

El genio no es nada sin el carácter. Si somos cobardes, nuestras ideas lo serán también, y no se atreverán a dejar su rincón oscuro para salir a la luz. Es necesario no proponerlas, sino imponerlas. Sólo resiste a la fuerza lo que la fuerza construye. Como la gran mayoría de los hombres no conoce ni teme más que la fuerza, aceptarán el bien cuando no haya otro remedio. Por eso, lo primero es ser fuertes. Se persuade con los puños, y se defiende la verdad con la punta de la espada.

Los grandes depósitos de energía humana, dinero, dictadura social, masas de obreros y de soldados, está en poder de la estupidez, la crueldad y la avaricia. Nunca ha sido más indispensable el valor que ahora. Sabemos el punto exacto que hay que atacar. Sabemos dónde está la ruta, y por qué sitio del horizonte vendrá el sol. Sabemos que un puñado de espíritus superiores, prisioneros de la inmensa mole esclavizada, son lo único que hace avanzar el mundo. Comprendemos que mientras no les pertenezca el poder político la humanidad no será libre, y sentimos que esa suprema obra exige toda nuestra inteligencia y todo nuestro valor.

Se rechaza el consejo del pacífico sabio, y se acata la orden de un imbécil con el sable al cinto. Afirmemos valientemente nuestra convicción, y no nos dejemos amordazar. El silencio siempre es cómplice. No seamos humildes, no prostituyamos la razón, que nos hace sagrados. La palabra del profeta debe estallar como un trueno. Disciplinemos nuestro organismo, hagámonos amantes de la obstinada lucha. Las ideas, flechas sublimes, se forjan en el reposo, pero es la voluntad la que tiende el arco.

Ensayo «El Pombero»

Pombero, es decir, espía. Es el hijo de la noche, el merodeador incansable, devorado por una curiosidad terrible. ¿Qué busca? ¿Qué reclama? ¿Algún tesoro por sus abuelos perdidos? ¿Alguna visión de ensueño, desvanecida en su entendimiento brumoso?

Espíritus timoratos se figuran que tiene payé para hacerse invisible, para pasar por el ojo de la llave y acariciar impunemente a las vírgenes dormidas. Pero esto es un error; el poder del pombero no llega a tanto. Huye entre las zarzas con la velocidad de una liebre; los perros no consiguen alcanzarle y cuando gana la espesura del bosque no hay quien lo rastree. Las sombras nocturnas y el vigor de sus piernas le permiten vivir oculto. No es invisible; varias personas le han visto.

Es pequeño, robusto, cobrizo. Marcha en dos pies y corre en cuatro. Los tiene velludos y camina silenciosamente. Su áspera y desgreñada melena le cae sobre los ojos brillantes, llenos de timidez y de malicia. Va desnudo. Si no fuera por su mirada inteligente, se le creería un animal, el animal más parecido al hombre.

Cuando el sol desaparece, abandona él los escondrijos del monte y se arrastra, soñador y horrible, amigo de los sapos y de las estrellas, hacia las luces de los blancos, hacia las ventanas peligrosas junto a las cuales se empina lentamente, para mirar el espectáculo maravilloso y hostil de nuestra civilización y de pronto allí escondido, le asalta la diabólica idea de asustar, de inquietar a los poderosos invasores que le obsesionan y entre los cuales, protegido por los árboles hermanos, se sostiene a fuerza caen, suelta un vago silbido, susurro, gemido, gorjeo. Imita a las aves, los insectos y los reptiles con inaudita perfección. Si no le oyen, repite su rumor, cada vez más alto, hasta que nota que a través de los cristales, las mujeres se callan y escuchan temerosas y balbucean su nombre. Entonces, estremecido de miedo y de alegría, abre la bocaza en una larga carcajada muda…

Si le molestáis, y hacéis de él un enemigo, devastará vuestro jardín y vuestra huerta, robará vuestras gallinas, destrancará vuestro corral para que se disperse vuestra hacienda y desatará vuestros caballos para que se extravíen. Pero lograréis atraer la benevolencia del pombero si dejáis olvidado en su camino ese tabaco brasilero, trenzado, que hace sus delicias. También le gustan los huevos. Guardaos de faltarle. Él os corresponderá obsequiándoos con frutos, extrañas flores y pieles de bestias lindas. Si viajáis de noche y echáis pie a tierra, no os preocupéis de vuestra montura. El pombero la cuidará fielmente.

Su pensamiento fijo, el motivo verdadero de sus misteriosas expediciones, es pisar los pasos a las mujeres encintas, acechar los partos… La ilusión sempiterna, el proyecto magno del pombero es robar un niño blanco recién nacido y hacer de él, para su tribu, un rey invencible que recobre las fecundas llanuras y los magníficos ríos que cayeron en manos de la pálida raza irresistible. El niño blanco criado entre la salvaje maleza, crecerá, salvará a los humildes expoliados; hará justicia, mesías de los negros. Mas lo que el pombero ignora, pequeño monstruo errante, fantasma de sus propias ruinas, es que también los blancos, desposeídos de su trozo de naturaleza, sufren como él y como él esperan el mesías prometido.